REGISTRO DEL TIEMPO
2/4/2025

Urbanidad del viaje

Armando González Torres

Los turistas políticamente correctos son aquellos que, simulando curiosidad intelectual, asimilan con reverencia bovina la superficie que les muestran las agencias de viajes. Frente al espécimen domesticado y masificado del turista se erige la antigua figura del viajero, que, sin itinerario fijo ni guías, con audacia y descaro, le levanta la falda a las geografías desconocidas. En los años treinta del siglo pasado, Henri Michaux, el genial y esquivo escritor y pintor francés de origen belga, hizo un viaje por la India, Ceylán, China, Japón, Indonesia y Malasia, cuya evocación forma su libro Un bárbaro en Asia.  No se trata de diarios, ni de apuntes sociológicos, sino de impresiones brevísimas y delirantes que, sin embargo, parecen revelar, más allá de los conceptos, la desnudez de esos países. “El chino no mira la muerte como algo trágico. Un filósofo chino declara muy simplemente: ´un viejo que no sabe morir es un golfo”. Las impresiones de Michaux, en las que se mezclan la crueldad, la belleza, la fantasía, el prejuicio y la intuición, infieren caracterologías a partir de la observación incidental. “El hindú aprecia la sabiduría, la meditación. Siente afinidad con la vaca y el elefante, que existen para dentro, que viven de algún modo retirados”.  Cierto, se trata de una sociología comparativa, pero de tinte surrealista y subversivo, que vuelve pintoresco lo asombroso, y en la que las consideraciones sobre lo religioso, lo artístico, lo erótico y lo cultural generalmente resultan reveladoras o, por lo menos, chuscas y provocadoras. “Al cohabitar con su mujer, el hindú piensa en Dios, del cual ella es expresión y partícula”.

Michaux muestra una fascinación o una repugnancia espontáneas por los paisajes y por las personas y es capaz de odiar a los habitantes de una nación, al mismo tiempo que adora sus ritos o sus ideogramas. La mirada que despliega en sus viajes es caprichosa y transgresora, una mirada que quiere revelar mediante la distorsión, una mirada que entiende la alucinación y la exageración como formas de conocimiento. Con sus observaciones de viajero, Michaux descubre, no sin violencia, territorios espirituales nuevos. “Pero el japonés ama el agua, y el samurái, el honor y la venganza. El samurái lava con sangre”. Las opiniones intempestivas de Michaux muestran un espíritu en permanente debate y conflicto consigo mismo. Curiosamente, pocos pensarían que el autor de estos descomedidos, políticamente incorrectos y, en ocasiones, iracundos apuntes es uno de los artistas contemporáneos más influidos por la cosmovisión y el arte de Oriente. Este viaje inicial le sirve a Michaux para ratificar su extranjería no sólo de Asia, sino de Occidente, y para reclamar su única patria en la extraterritorialidad del arte.  El viaje le descubre al otro, pero, sobre todo, le revela nuevas fibras de su propio ser y acaso le anticipa sus fecundas fusiones entre experimentación corporal y espiritual, entre escritura semántica y plástica.

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