Para nadie ya es un misterio que la reformulación del liberalismo en neoliberalismo resultó no sólo un canto de la victoria prematuro sino a la larga la peor de sus apuestas. El fenómeno populista es prueba suficiente de su fracaso. Los rendimientos decrecientes de la apuesta a la prosperidad material sin término y sin crisis que interrumpan, resultó no sólo fantasiosa, sino que también exhibió sus enormes vacíos para colmar otro tipo de necesidades individuales y colectivas basadas en la permanencia de ciertas estructuras, referentes comunes y normas sociales. Responder a esos vacíos en Occidente con más promesas de prosperidad y cambio terminó por hacer correr enloquecidamente al hámster en la rueda hasta salir disparado en una dirección completamente inesperada.
En paralelo esa prédica globalizadora como una fuerza irresistible de la historia quedó evidenciada como la prédica de una élite político-cultural-económica (lo que algunos llaman la clase social Davos por los cónclaves anuales que gusta realizar en esa ciudad Suiza); una prédica por lo demás que insistía en una adaptación sin tregua a la era digital y a la competencia al que sólo podían responder con éxito los segmentos escolarizados vinculados al sector de los servicios de alta rentabilidad (Investigación y desarrollo, procesamiento de datos, diseño de productos y procesos, sector financiero, por mencionar algunos). El estrés que eso introdujo al resto de la sociedad fue incalculable.
Pero aquí quisiera poner el énfasis en un factor acaso menos explorado que contrasta claramente el fenómeno populista con el fenómeno liberal y no se diga con el neoliberal. Me resulta inevitable recurrir aquí a Carl Gustav Jung y su observación con respecto a los líderes que mejor alimentan y retroalimentan la energía negativa de sus sociedades, es decir, los líderes de los movimientos de masas (tenía en mente sobre todo a Hitler). Ese tipo de liderazgos conecta con el magma primigenio del inconsciente colectivo: lo condensa y lo canaliza. No se trata sólo de que sean individuos malignos que arrastran a sus sociedades en la peor dirección. Conectan con algo fundamental y primitivo en ellas, largamente oculto y reprimido. Estos liderazgos son cual volcanes por donde emerge de lo profundo ese magma societal, peligroso e incontenible.
La modernidad europea fin de siècle parecía haber consolidado esa jaula de hierro de la racionalidad como la llamaría Weber: sociedades guiadas por leyes, y reglas de aplicación cada vez más general, es decir, por principios más abstractos. Reglas, principios, conceptos que los individuos debían asimilar en sus transacciones no sólo con otros individuos o con el Estado sino introyectarlos en sus personas. Que eso diera lugar a maravillas como el París o la Viena del fin de siglo, a puntos tan altos de la civilización europea tan estupendamente descritas por Stefan Zweig, no compensaba ese freudiano malestar en la cultura. La civilización es una plataforma maravillosa para los individuos que saben utilizar sus recursos y expresarse a través de ella, pero al parecer resulta una losa demasiado pesada de sobrellevar en la psique de quienes no dominan bien sus reglas. Puede que el drama de los judíos centroeuropeos, tan diestros en el juego civilizado, se gestara justamente por eso. La mayoría de sus conciudadanos no alcanzan esa maestría conceptual para pensar su entorno y navegarlo con similar efectividad. A la larga la comunidad judía fue castigada brutalmente por su sobrerrepresentación entre las élites profesionales e ilustradas, no se diga las económicas. Hablaba demasiado bien en lengua civilizatoria y daba por hecho sus supuestos.
La necesidad de la psique de recobrar lo primitivo claramente lo anticipan las rupturas en el arte al comenzar el siglo XX. El acercamiento de Picasso a las máscaras tribales africanas fue clave y sintomático a la vez. El arte aprendió a destrozar reglas y paradigmas para lograr una expresividad inédita. A su vez la primera guerra mundial mostró la fragilidad y los espejismos del cálculo racional a niveles trágicos. Quebró de manera irremediable la confianza hasta ahora ciega en la civilización, el progreso y la razón para preparar así el retorno de lo primitivo ya no en la esfera autocontenida del arte, sino en el Big Bang de la política de masas. ¿Qué no es el fascismo/nazismo sino el colapso, el rebote, la venganza de lo primitivo en lo moderno y por medios modernos? El espectáculo del poder regresa cuando el Estado deja de ser un poder anónimo, abstracto y ceñido por sus propias reglas para tornarse en un poder encarnado, con un rostro: el del líder supremo: temido por ser amado, amado por ser temido. Un poder que no se avergüenza ni se disculpa de ser poder como en el orden liberal, sino que se asume como tal: puede porque quiere, quiere porque puede. La sociedad regresa a una relación primitiva con su líder y vive el vértigo del poder de manera vicaria o a través de la identificación con él. La relación básica no es un contrato sino una de lealtad; la polis se reformula a su vez como un pacto Erde und Blut, uno de tierra y sangre. Fue el momento de desfilar con antorchas.
Del mismo modo que en la economía existen los ciclos largos (los llamados ciclos Kondrátiev), tal parece que en la modernidad occidental también se presenta un ciclo societal largo que retorna al cabo de 90 años cuando las reglas, los principios abstractos y las transacciones impersonales resultan insostenibles para un orden estable. Estructuras supuestamente permanentes de interacción social como la familia o la comunidad religiosa se erosionan o muestran su fragilidad. Las ciudades se repueblan con aliens o los radicalmente extraños en procedencia, raza y cultura. El estado es cada vez más impersonal en la medida en que se ciñe a códigos burocráticos. Hoy en día el consumidor de servicios ya no trata como antaño con personas que le conocían o con las que había cierta familiaridad. Atención por vía remota, voces sin rostro y la mayor cobertura de chats controlados por IA se traduce no sólo en que con quien se habla no se volverá a hablar nunca, sino que cada vez más ni siquiera se está hablando con alguien. Seguros, bancos, líneas aéreas, servicios de telefonía y conectividad dejan en claro que es casi imposible identificar ese alguien que se haga responsable no se diga apelar a su empatía. Lo que antes sucedía con las burocracias gubernamentales sucede ahora con el sector privado corporativo. Los algoritmos de IA aprenden de personas cada vez más ceñidas a conducirse algorítmicamente sea como ciudadanos o como consumidores.
En paralelo se viven claras asimetrías. El dominio de los códigos, las reglas, la información se cargan en la balanza del lado de las burocracias, públicas o corporativas, o de los jueces de modo que al ciudadano le resulta cada vez más difícil ganarles la partida o siquiera comprender el porqué de sus decisiones o veredictos; cierto tipo de intelectuales crean nuevos códigos culturales y del lenguaje que hacen parecer como torpe y reprensible al ciudadano común quien, a mayor lejanía de esas esferas, más deplorable resulta para esas élites y más extraño se siente con respecto a su propia lengua. El juego civilizatorio nunca ha sido tan complejo, y mutable de modo que no hay manera de ponerse al día. Como en aquel fin de siècle, sólo pocos son diestros en dicho juego. Se produce una enorme asimetría cognitiva menos como una intención deliberada o por diseño que por una propiedad sistémica.
Brota entonces el deseo de regresar más que a lo simple a una simplificación extrema y radical; a un poder vengador con rostro respecto a los agentes a quienes se les considera responsables de esa complejidad creciente y que siempre sitúa en desventaja; a una necesidad de sustituir explicaciones conceptuales por narrativas, por historias en donde a todo lo no comprensible se le atribuye una intencionalidad perversa o conspirativa; a la pulsión de ajustar cuentas con las élites cognitivas y meritocráticas que hacen sentir impotente y estúpido al común de los mortales. Todo ello hace erupcionar el deseo y revancha de lo primitivo. El estado ya no será más un aparato o una maquinaria, sino una extensión de la presencia del líder, del jefe del clan. Lo vivimos en México, lo estamos atestiguando en Estados Unidos en una escala monumental. Ha llegado la hora de ajustar cuentas con las élites culturales, con las universidades y las instituciones, aquí por neoliberales y autónomas, allá por cobijar el ideario woke y las políticas DEI. No es una casualidad por cierto ese entendimiento empático con lo criminal, la expresión más cruda de poder y de redes tejidas con lealtades incondicionales. Como bien dijera Karl Popper, en las sociedades abiertas y modernas importa más el cómo se ejerce el poder y menos el quién o quiénes lo ejercen; mientras que en un orden social premoderno es al revés: todo se cifra en el quién o quiénes tienen las riendas. De ahí el renovado culto al carisma que todo lo desinstitucionaliza.
No poco del éxito del bully inmobiliario en Estados Unidos consiste en escandalizar a las élites en permanente misión civilizatoria (según ellas). Exuda el allure primitivo del poder, crudo y duro. Hace suya la divisa might is right. Cual mafioso sólo respeta a las cabezas de las otras “familias”: Rusia, China, Corea del Norte. No es que Estados Unidos no haya utilizado fatalmente la fuerza bruta o amenazado con ella desde el fin de la segunda guerra, pero lo hacía como poder hegemónico comprometido con un orden mundial, uno que permitió la reconstrucción y prosperidad de otros, así como la emergencia de nuevos actores. No era un juego suma-cero. Ahora lo es y la anexión y la expansión territorial —su expresión más burda— resulta un objetivo declarado que no requiere de mayor justificación. Pero al desdecirse de su propia saga de la derrota del fascismo y la construcción del orden de la posguerra, Estados Unidos cruza un umbral decisivo de rechazo de algo esencial y constitutivo de su identidad político-cultural. No es una mutación menor, es cambiar la brújula moral de un estado y una sociedad de esa magnitud (Fareed Zakaria). Los Estados Unidos renuncian a ser los buenos de la película y eso tiene un impacto medular en la forma de pensar y pensarse, no es una cuestión meramente de formas.
Queda entonces atrás un vacío histórico y por delante un futuro tecno enloquecido encabezado por una singular oligarquía. Esa contradicción enorme con las necesidades psicológicas de las bases sociales que llevaron a Trump a la presidencia dos veces —la última espectacularmente contra viento y marea— promete cuarteaduras y fisuras de pronóstico reservado. Esos oligarcas futuristas, aprendices de brujo, no saben lo que han invocado.