El 14 de febrero del 2025, Francisco, Patriarca de Occidente, ingresó al hospital por una neumonía; las últimas tres semanas el mundo católico romano se ha agitado, siguiendo minuto a minuto las noticias sobre su salud, mejoras, recaídas, etc. Se han ofrecido indulgencias —entre otras cosas— por orar por la salud del Papa. Y aunque el posible fallecimiento de Francisco implica la pérdida de un querido —y a veces polémico— sucesor de Pedro, cierta desestabilidad para el Vaticano y todo un proceso de entronización de un nuevo Pontífice, la realidad es que el mismo proceso se ha repetido durante dos milenios, y seguirá repitiéndose.
Pero el posible fallecimiento del Papa en estos días amenaza también los avances en la reunificación de la Iglesia. La reunificación es un proyecto que, más allá de estar a favor o en contra, tiene implicaciones históricas. Hace 1000 años, en el 1054, la cristiandad se dividió entre Oriente y Occidente. Las razones de la separación son múltiples y variadas; teológicamente se explica por la adición de la cláusula del Filioque, que refiere al añadido en el Credo Niceno-constantinopolitano que supone que el Espíritu Santo no procede sólo del Padre (como dice el Credo original y lo recita la Iglesia Ortodoxa), sino que procede tanto del Padre como del Hijo (como recita la Iglesia Católica desde el siglo V y oficialmente desde el siglo XI); además de la negación de la autoridad infalible del Papa. Estas diferencias se vieron aumentadas y engrandecidas por los desarrollos propios de cada Iglesia a lo largo de los últimos mil años; particularmente los últimos dos concilios de Roma, Vaticano I y Vaticano II hicieron reformas —o aclaraciones, dependiendo del punto de vista— en los dogmas, liturgia y estructura de la Iglesia Católica Romana que no fueron bien vistos por la Iglesia Ortodoxa, como los últimos dogmas marianos o la declaración dogmática de la Infalibilidad Papal o, incluso, el cambio de la misa al Novus Ordo.
Pero, ante años de separación y distancia entre las Iglesias, también ha habido sucesos que, voluntaria o involuntariamente, han generado puentes de comunicación e incluso cercanía. Naturalmente, después del Gran Cisma hubo gente que anhelaba ser parte del “otro lado”. Por ejemplo, hubo gente en Oriente que decidió volver a la comunión con el Papa, creándose así las Iglesias Católicas Orientales, como la Iglesia Católica Greco-Melquita (con intentos de unión desde el siglo XI, que se concretaron en el siglo XVIII ), la Siro-Malabar (reunificada en el siglo XX ), o la Iglesia Católica Armenia (unificada en el siglo XVIII ). La Iglesia Maronita, contrario a las antes mencionadas, nunca se separó de Roma. Estas iglesias fueron consideradas por muchos como “puentes” o “vasos comunicantes” entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Ante el crecimiento y desarrollo de estas iglesias, el Vaticano, desde el siglo XVI, comenzó a dedicar su atención a este tema, hasta que en Vaticano II afirmó que esta variedad reafirma la universalidad de la Iglesia Católica. De parte de la Iglesia Ortodoxa, en los siglos XIX y XX se exploró la posibilidad de instituir un Rito Ortodoxo Occidental —basado, primordialmente, en la liturgia de San Gregorio (S. VI)—. Así, aunque en la Iglesia Romana hubo quienes rechazaron a las Iglesias Católicas Orientales, y en la Iglesia Ortodoxa algunos rechazaron el Rito Occidental, la relación entre las iglesias Católico Romana y la Ortodoxa se fue gestando y fortaleciendo cada vez más.
En los siglos XX y XXI se comenzaron a hacer esfuerzos cada vez más claros y evidentes para la reunificación de las Iglesias. Sin embargo, no siempre fueron acertados ni bien recibidos. Benedicto XVI, antecesor directo de Francisco, dijo que renunciaba y rechazaba el título de “Patriarca de Occidente”, según él, como una forma de respeto a la Iglesia Ortodoxa. Sin embargo, esto fue interpretado en mayor medida no como una muestra de respeto, sino como una forma del Papa de negar el estatus de igualdad y paridad entre él y los patriarcas, cosa que no les agradó. Francisco, por el contrario, decidió recuperar este título, reconociendo su estatus de igualdad con los Patriarcas Orientales en un afán de diálogo y reunión.
Sabiendo lo anterior, hay varios puntos y riesgos importantes. Este año se celebra el aniversario 1700 del Concilio de Nicea, primer Concilio Ecuménico de la Iglesia, en el que se comenzaron a definir de manera clara los principios y fundamentos de la fe cristiana. En la historia de la Iglesia, comenzando por Nicea, los concilios buscaban responder a herejías emergentes, a dudas sobre los cánones eclesiásticos, a dirimir confusiones que amenazaban tanto la salvación (al menos así se creía), como la unidad de la Iglesia. Los concilios fungían, en gran medida, como una forma de mantener la unicidad y catolicidad (universalidad) de la Iglesia; de mantener la unidad de un núcleo de creencias, prácticas y tradiciones, reconocibles en todo tiempo y lugar como propias, ante la expansión de la Iglesia y, los cambios y particularidades que resultaban de esa expansión.
Por otro lado, este año también coinciden las fechas de Semana Santa y Pascua en el calendario gregoriano (utilizado por la Iglesia Católica Romana) y el calendario juliano (utilizado por la Iglesia Ortodoxa del Este y otras iglesias orientales). Por estas dos razones, el Patriarca Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa y quien posee el primado —más no “infalibilidad”, como el catolicismo romano sí supone que tiene el Papa—, llamó, en diciembre del año pasado, a hacer una celebración conjunta de la Resurrección de Cristo. En su respuesta, el Papa Francisco dijo que estaba dispuesto a ir a Nicea (en la actual Turquía) para hacer una celebración conjunta de la fiesta más importante de la Iglesia; afirmando ambos que más allá de las diferencias doctrinales, existe una “hermandad” y “unicidad” que viene de la centralidad de Cristo y de aquellos primeros 1000 años compartidos de teología.
El deseo de reunificación no puede generarla por sí misma. Hay, naturalmente, conflictos doctrinales que se han acrecentado por 1000 años de separación; desde el famoso Filioque, pasando por eventos violentos de un lado al otro, hasta el rechazo del ecumenismo en 2007 por algunos patriarcas ortodoxos. Pero los conflictos son también externos. Por ejemplo, aunque Bartolomé sea el primum inter pares, no puede tomar decisiones sobre toda la Iglesia de manera unilateral; la reunificación con Occidente supone el acuerdo entre todos los Patriarcas. Naturalmente hay Patriarcas que se oponen —y que se han propuesto históricamente—, como el nuevo Patriarca Daniel de Bulgaria, quien fue uno de los principales redactores de la Declaración de Fe contra el Ecumenismo (2007). Sin embargo, la disposición de Francisco y Bartolomé a entrar en diálogo, a buscar puntos de encuentro e incluso a concelebrar la Pascua con un afán ecuménico, conmemorando la primera reunión universal de la Iglesia, son circunstancias poco comunes, incluso con Bartolomé declarando que la Reunificación con Roma es “inevitable”.
Particularmente, Francisco ha declarado reiteradamente sus deseos de reunificación. Durante el 2024, en una reunión del diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, se redactó un texto titulado Hacia la unidad de la Fe: problemas teológicos y canónicos en el que se señalaban los problemas fundamentales a resolver en vistas de la Reunificación, y declaró que “al caminar juntos, nos preparamos para recibir de Dios el regalo de la unidad”.
Esta celebración conjunta, en el 1700 aniversario del Concilio, tiene algunos propósitos semejantes a los originales. Buscar y reencontrar aquello que unifica a la Iglesia, aquello reconocible como universal. Después de 2000 años de cambios litúrgicos, evoluciones doctrinales, y desarrollos de la tradición, que van desde lo lingüístico (el latín, por parte de Roma; el griego por parte de Constantinopla), una celebración conjunta supone el encuentro de lo común, de dos tradiciones cuya raíz es la misma y, sobre todo, de una reunificación apostólica, un abrazo entre Pedro y Andrés.
La posible muerte de Francisco amenaza esta posibilidad de reunificación, pues ha sido, quizá desde el Gran Cisma, la mayor voluntad de diálogo y reunión de parte de Roma, y este año, con la celebración de la Pascua y del Concilio. Aun así, la muerte de Francisco no anula toda la posibilidad de la reunificación; muchos de los “candidatos” al papado han hablado poco del tema, pero el Cardenal Zuppi (uno de los “favoritos” para futuro pontífice) mantiene buenas relaciones con la Iglesia Ortodoxa y, quizá, podría incluso a tener una disposición semejante a la de Francisco.
La voluntad y apertura de Francisco, sumada a la disposición de Bartolomé, supone una oportunidad para acercarnos a la reunión de las Iglesias; pero si Francisco fallece, quizá esta oportunidad, esta coincidencia de vectores tan variados, se olvide, pase de largo, y la unión de “los dos pulmones de la Iglesia” se postergue, retardando la sanación de, quizá, la herida más profunda de la Iglesia.