La idea del Reino siempre me ha fascinado. Debajo de todo el andamiaje teológico que sobre él se ha edificado a lo largo de dos milenio para interpretarlo, el Reino es en su fondo tan simple, hermoso y complejo como las analogías que sobre él Jesús hace en el Evangelio, no para reducirlo a un concepto, sino para revelarlo con la sorpresa del relámpago: El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido, a un grano de mostaza, a la levadura escondida en la masa, a un perla, a una red… El Reino, parece decirnos Jesús, está aquí y tiene la densidad de las cosas simples.
Para entenderlo, habría que mirar de una manera que se ha vuelto casi imposible en nuestra época extremadamente interpretada por el racionalismo. Habría que mirarlo, quizá, como miraban los medievales el mundo: un sistema de símbolos que permite ver en las formas sensibles cosas invisibles o, diría Hugo de San Víctor, “un puente entre la experiencia de los sentidos y lo que subyace o va más allá”. Si no se mira así, el Reino, como sucede hoy en día, se nos escapa y, lejos de poder sentirlo en lo que es, lo miramos en su contrario: lo que nace de la fuerza, el poder y el dinero: el Reino como el lugar de un placer obsceno.
Desde que en 2011 fundamos el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y nos echamos a caminar para encontrarnos con aquellos que el poder y el crimen había destruido, no había vuelto a sentir esa experiencia del Reino hasta que leí a Emmanuel Carrère.
No sé si El Reino es una gran novela. Sé, sin embargo, que es un gran libro. En él, este hombre, que fue un profundo creyente y perdió la fe, nos narra desde su ateísmo el nacimiento del cristianismo, tomando como figuras centrales a Lucas y a Pablo.
Con una erudición de exégeta, una puntillosa penetración analítica y una espléndida pluma, Carrère nos sitúa en el contexto religioso, político y social del primer cristianismo, para mostrarnos los vericuetos, las rencillas, las interpretaciones y confrontaciones entre Pablo y la comunidad de Jerusalén, lidereada por Santiago, y la aparición del emperador Constantino que dieron nacimiento a la Iglesia y su doctrina, una compleja doctrina que, a lo largo de los siglos, terminó en una “desabrida chochez” y en el horror del mundo actual.
Al concluir las casi quinientas páginas del libro uno siente que el Reino fue sólo la infancia del cristianismo, la débil luz de una estrella que se extinguió hace muchos siglos.
Sin embargo, el Reino, como siempre, está allí. Ya concluido el libro, Carrère fue llevado a regañadientes a un retiro en la comunidad del recientemente fallecido Jean Vanier. La comunidad es una joya del amor donde viven discapacitados y gente “normal”, pero sus retiros no dejan de estar puntuados por esa inanidad edulcorada estilo “Viva la gente” o “Jesús es mi amigo”, que acompaña a gran parte de la chochez de la Iglesia.
Carrère está allí, es el final del retiro, sólo espera que esa intensidad kitsch concluya para escapar. De repente, Éloide, una muchacha Down, “se planta delante de mí, sonríe, eleva los brazos al cielo y sobre todo me incita con la mirada, y hay tanto júbilo en esa mirada, un júbilo tan candoroso, tan confiado, tan abandonado, que me pongo a bailar como los demás, a cantar que Jesús es mi amigo, y las lágrimas me afluyen a los ojos mientras bailo mirando Éloide […] y me veo forzado a admitir que aquel día, por un instante, vislumbré el Reino”.
El Reino es sólo eso. No el sueño del poder, no la idea de una trascendencia magnífica que nos ha llevado al desastre moderno, sino un relámpago que surge de las cosas más nimias y pequeñas, y que siempre está allí para los que saben ver.
Arte en portada,
The Four Evangelists, Jacob Jordaens